Mucho más de lo que parece. Las buenas normas no siguen la evolución de las tecnologías. Son las tecnologías las que, tarde o temprano, terminan alcanzando a las buenas normas.
Cuando hablamos de drones, casi siempre la conversación comienza por la aeronave. Nos preguntamos cuál es su autonomía, qué calidad tienen sus cámaras, si incorporan inteligencia artificial, qué dice la reglamentación aeronáutica, cuál es su alcance o cuánto tiempo pueden permanecer en vuelo. Todas esas preguntas son razonables y, seguramente, habrá que responderlas. Sin embargo, me da la sensación de que seguimos comenzando la conversación por el lugar equivocado, porque antes de preguntarnos qué puede hacer un dron quizás convenga preguntarnos qué problema viene realmente a resolver.
Pensemos una situación bastante habitual. Son las tres de la madrugada. Se activa una alarma de intrusión y el operador del CRA comienza a reunir toda la información disponible que le permita comprender las características del evento y reducir la incertidumbre antes de tomar una decisión. Si esa información alcanza para evitar el despacho innecesario de un móvil, el objetivo se habrá cumplido. Pero si, por el contrario, confirma que el evento es real, esa misma información también permitirá responder con mayor rapidez y con un conocimiento mucho más preciso de lo que realmente está ocurriendo.
El frente de la vivienda puede observarse con claridad mediante el sistema de videovigilancia. Sin embargo, el patio trasero permanece fuera del campo visual y, hasta hoy, esa limitación formaba parte del escenario. Ahora imaginemos que, desde la terraza del CRA, despega automáticamente un dron desde un droneport y que, apenas unos segundos después, comienza a transmitir imágenes del fondo de la propiedad desde la cual se recibió la señal. De pronto ya no sólo sabemos que una alarma se activó. Empezamos a comprender qué está ocurriendo.
En ese instante cambia mucho más que el punto desde el cual observamos la escena. Ahora es posible determinar si realmente hubo una intrusión, por dónde ingresaron los autores, si actuó una sola persona o varias, si existe un vehículo esperando en las inmediaciones, si alguien permanece oculto en el predio o si, incluso, el evento que originó la alarma responde a una causa completamente distinta de la que inicialmente se suponía. Dicho de otra manera, la información deja de limitarse a confirmar un evento y comienza a explicar el contexto en el que ese evento se desarrolla. Y cuanto mejor comprendemos ese contexto, mejor será la decisión que adoptemos.
Llegados a este punto vale la pena hacer una aclaración. Hasta aquí hablé de drones porque ése es el término que todos utilizamos. Sin embargo, desde el punto de vista técnico estamos hablando de un Sistema de Aeronave No Tripulada, identificado por la sigla UAS, proveniente de su denominación en inglés Unmanned Aircraft System. La diferencia no es solamente terminológica. El dron es la aeronave. El UAS comprende además la estación de control, las comunicaciones, el software y todos los componentes necesarios para desarrollar la operación. La aclaración importa porque un CRA no incorporará simplemente una aeronave. Incorporará una nueva capacidad para obtener información allí donde, hasta hoy, no podía obtenerla.
Y es precisamente en ese momento cuando aparece la verdadera relación con la IRAM 4177. Muchos identifican esta norma con la confirmación mediante video y esa interpretación, aunque correcta, resulta incompleta. Si releemos la norma desde la perspectiva de la gestión del riesgo advertimos que nunca intentó privilegiar una tecnología determinada. Lo que hizo fue establecer un principio. Antes de decidir una respuesta debemos reducir la incertidumbre mediante información confiable. Las cámaras fueron una herramienta para alcanzar ese objetivo. Los UAS podrán ser otra. Mañana aparecerán nuevas tecnologías y, probablemente, también encontrarán su lugar dentro de ese mismo principio.
Por eso creo que la aparición de los UAS no obliga a replantear la IRAM 4177. Más bien ocurre lo contrario. Son los UAS los que ponen de manifiesto la solidez conceptual de una norma que fue concebida sobre principios y no sobre dispositivos. Las normas que describen tecnologías suelen envejecer al ritmo de la innovación. En cambio, las normas construidas sobre principios atraviesan el paso del tiempo con una naturalidad sorprendente, porque las nuevas tecnologías terminan incorporándose a ellas sin alterar su esencia.
Y si aceptamos ese razonamiento, entonces aparece otra pregunta que, al menos para mí, resulta todavía más interesante. ¿Por qué pensar en un único droneport sobre la terraza de un CRA? ¿Por qué no imaginar una red de droneports distribuidos estratégicamente por una ciudad? En ese escenario, el operador ya no administraría únicamente señales, imágenes o eventos. También dispondría de plataformas capaces de desplazarse automáticamente hasta el lugar donde todavía falta información. El CRA dejaría de limitarse a recibir eventos para convertirse en un verdadero centro integrador de información para la gestión del riesgo, capaz de combinar sensores, sistemas de videovigilancia, inteligencia artificial y plataformas aéreas dentro de un mismo proceso de decisión.
Naturalmente, ese escenario plantea nuevos desafíos. Será necesario hablar de procedimientos, de operadores capacitados, de integración con las plataformas de monitoreo, de ciberseguridad, de disponibilidad permanente y, por supuesto, del marco regulatorio vigente para este tipo de operaciones. Sin embargo, todos esos desafíos tienen un denominador común. Ninguno de ellos gira alrededor del dron como equipo. Todos giran alrededor de la calidad de la información que ese sistema es capaz de aportar para comprender mejor un evento y gestionar con mayor eficacia el riesgo asociado.
Quizás allí radique la respuesta a la pregunta del título. Los drones tienen mucho que ver con la IRAM 4177, no porque la norma los haya mencionado, sino porque la filosofía sobre la que fue construida ya había dejado previsto el lugar que ocuparía cualquier tecnología capaz de aportar información confiable para reducir la incertidumbre. Después de todo, las tecnologías cambian permanentemente. Los principios, en cambio, son los que permiten que una buena norma siga siendo útil muchos años después de haber sido escrita.
Prof. Lic. Walter Ricardo Costa
Coordinador de la Comisión Técnica de CEMARA
Representante de CEMARA ante IRAM